Dos gorriones volando en un cielo gris y gélido. En décimas de segundos sus picos se unieron en el más sabroso de los besos. El gorrión hembra dejaba caer dos lágrimas de júbilo y emoción. El viento las rescató en tanto que jugaba con ellas y las llevaba y las traía. Se las ofrecía a las nubes y se las vedaba, las engañaba y se burlaba de ellas. Con sus fuertes soplidos de nuevo las rescataba. En un descuido en que otros vientos más enamorados se despertaron y causaron una gran corriente, las lágrimas cayeron al mar. Las lágrimas era tan dulces que el agua salada se convirtió en un almíbar jugoso. Sirenas y peces se volvieron muy melosos, y en el fondo del mar se desató una orgia.
Tiburones y delfines copularon. A las sirenitas el pez espada se les declaró su amor. Las chirlas con los cangrejos el amor hicieron, y el atún a los mejillones su amor apasionadamente le confesó. Era tal euforia de alegría, que el ambiente se tiño de dulce aroma y tonalidades como un gran Arco Iris que cubría las aguas del mar.
Los aviones que surcaban los cielos, en lugar de volar por el aire, volaron mar a dentro. Entraban a participar de la alborotada euforia y orgia. De pronto el agua se volvió gélida y el azúcar se convirtió en sal, pues Neptuno, el hijo mayor de los dioses y el Rey de las aguas y mares, volvió de un gran viaje en un mar muy lejano del mar de Muerto, y al ver que unos copulaban con los otros sin tener en cuenta la especie, se puso furioso. Él es muy peligroso e inestable. Con sus emociones puede provocar desde espeluznantes tormentas y tifones hasta olas sosegadas y apacibles. Fue tal la provocación, que su ira se despertó y se desenlazó un gran desastre, tanto en los mares como en tierra adentro. Movió su Tridente con tanta fuerza, que provocó temibles sismos y terremotos. Allí dentro del mar quedaron todos ahogados y también algunos barcos juntos con aviones fueron tragados mientras hacían su travesía.




