sábado, 27 de noviembre de 2010

EL REY QUE SE “CONVIERTIÓ” EN ELEFANTE

La tarde comenzaba a oscurecer. Las sombras se iban apoderando de las grandes salas del palacio Real. El palacio se encontraba en el centro del país de Irma, justo en la orilla del río Rakhi que atraviesa de norte a sur la ciudad de Irma.


El Rey paseaba intranquilo en sus aposentos, sabía de la difícil situación de algunos de los que en su reinado vivian. Los problemas día a día se le multiplicaban. A pesar de estar rodeado de buenos y leales trabajadores, no era nada fácil solucionar algunos problemas. Ganges era uno de sus consejeros y éste siempre quitaba importancia a las cuestiones que el Rey le comunicaba. Su respuesta era: mi majestad eso no son asuntos suyos y debe de quedarse al margen. Pero el Rey era un monarca muy bueno y su conciencia no lo dejaba dormir tranquilo.


Algunas noches daba largos paseos él solo por el río, donde divagaba y perdía el control del tiempo y el espacio. Alguna vez ocurrió que llegó a ver la Aurora Boreal sin haber subido a sus aposentos a descansar.


Cuando él nació, sus padres y hermanos, sabían que era un niño diferente. Tenía mucha sensibilidad para hablar con los animales y con los muertos. Y daba muestras de ser un niño muy inteligente y cabal. Sus padres estaban encantados al ver que el futuro Rey (en el país de Irma el trono lo heredaba el benjamín de la familia), tenía tan gratificantes cualidades. Añadido a una recta probidad que fue demostrando a lo largo de su vida.


El Rey, en sus largos paseos recordaba como cuando tenía seis añitos, iban de vacaciones a una aldea con sus padres, cuando estos podían, y sus quince hermanos, todos ellos varones, era muy feliz. Él, como menor, salía a la selva a explorar lugares y ver a los elefantes. Siempre iba solo. Le gustaba la soledad. Sabía que una vez llegara al lugar donde habitaban los elefantes podría compartir sus sueños con ellos. Él pensaba que iba solo, pero en realidad iba vigilado constantemente. Escondidos entre los matorrales, estaban las personas responsables de su cuidado, que no perdían detalle de lo que el niño hacia.


Después de acariciar a los más pequeños y jugar con ellos a correr, se iba con los más adultos. Le decía a un elefante viejecito que quería subir en su lomo y éste, con una facilidad pasmosa, lo elevaba con la trompa hasta depositarlo encima.


Los elefantes, que van todos en grupos familiares de madres, hermanas, hijas, y machos inmaduros, son conducidos por la hembra más adulta (elefanta), la matriarca, le habían acogido en su grupo como a uno más de la familia.


El niño aprendió bien la lección. Era observador y no perdía detalle alguno a lo que veía. Una de las elefantas abuelas del grupo, de pronto se sintió indispuesta, se desplomó en el suelo. Las otras elefantas adultas fueron a socorrerla pero nada pudieron hacer por ayudarla. En décimas de segundos falleció. Todos los elefantes/as dieron muestras de compasión, la hicieron caricias con sus pesadas patas y la trompa, pero la viejita no reaccionó. Allí estuvieron acompañándola hasta que se echó la noche encima. Mudra Abhaya que así se llamaba el futuro Rey retuvo en su retina y en su mente tal acción. En su mente infantil había quedado muy claro que él siempre ayudaría, estaría con los enfermos y los más necesitados. Nunca los abandonaría como no lo hicieron sus amigos los elefantes a la abuela del grupo.


El Rey estaba muy preocupad al ver como los habitantes de su reinado habían perdido la humanidad entre las familias y demás personas. Había mucha desunión, egoísmos, envidias… Decidió hacer una fiesta en palacio y para ello envió al cartero Real con una carta de invitación que debía de entregar a la persona más adulta de cada casa.
En la carta solo había una palabra “ayuda”.


Al día siguiente, sin ningún dato sobre hora ni demás en la carta, acudieron a palacio todos los habitantes sanos, aquellos que estaban enfermos o eran viejecitos, se quedaron en las casas sin atender como cada día.
El Rey cuando recibió a tanta gente joven y no tan joven pero todos sanos, preguntó por los enfermos y mayores, a lo que respondieron que no habían traído.
El Rey sorprendido quedó consternado y muy pensativo. Durante unos minutos permaneció callado mirando al suelo. Poco a poco levanto la vista hacia sus invitados y comenzó a hablarles como en un susurro. Les contó la historia vivida por él cuando era un niño apenas de seis años, muy pequeño.
Puso tanta pasión, que al contarla quedaron todos con lágrimas en los ojos. Con las cabezas gachas y avergonzadas salieron en busca de sus familiares y en ayuda de los más desprotegidos.


Fue una lección que aprendieron del Rey elefante, como cariñosamente le llamaron a partir de ese día, todos los ciudadanos del reinado de Irma .
A partir de este día, el Rey empezó a ver otro tipo de ciudadanos. Personas generosas que ayudaban a familiares y no familiares. Todos hasta los más pequeños conocieron una especie de alegría por ser más serviciales y apoyarse entre ellos. Daba igual ser familia o no, donde había un enfermo y una necesidad, allí acudía alguien a echar una mano. Comenzaron a llevarlos de paseo por el río, donde no era infrecuente encontrase al Rey. Los escuchaban y trataban con ternura.
Las palabras del Rey y la forma de decirlas, hizo que los ciudadanos cambiaran se hicieran más humanos y respetaran a sus mayores.


Y el reinado fue un reinado muy feliz

Este cuento lo escribí el 18 de Septiembre del 2007, y como aun sigo siento una niña, pues aqui lo dejo.










2 comentarios:

Tony dijo...

Hermoso cuento , lo recuerdo.
Saludos.

Realmente eres una niña...

isa dijo...

Graciassssssssss Tony, sí fuiste tú quien me dijo que hiciera un cuento de un elefante. Y lo hice
:-)
Graciasssssssss
Saludos